El sobrenombre de "ciudad de la luz" es relativamente tardío, ya que durante siglos la noche parisiense fue oscura, misteriosa y llena de peligros. Durante el siglo XIV solo tres luces brillaban: la del cementerio de los Inocentes, la de la torre de Nesle y la del Gran Châtelet. Ya a mediados del siglo XVII, se dispone por norma que cada atardecer se deje encendida una lumbre en una de las ventanas de cada casa para evitar el peligro que corría la ciudad por las noches.